Llegar al poder y esquivar la palabra

Paloma Valencia sabe exactamente lo que hace cuando habla. Doce años en el Senado, tercera en las encuestas a un mes de la primera vuelta del 31 de mayo, con posibilidades reales de convertirse en la primera presidenta de Colombia en 138 años de república. No es una mujer que elija sus palabras por descuido. Por eso es tan revelador lo que dice, sin rodeos y sin disculpas.

Cuando le preguntaron si se considera feminista, Valencia respondió: “No, porque el feminismo es una corriente de izquierda. Yo no soy de izquierda” y agregó, casi sin pausa, que las luchas por los derechos de las mujeres no son conquista exclusiva de la izquierda. Y para probarlo, acudió a uno de los argumentos que más repite en campaña: su tía abuela, Josefina Valencia de Hubach, era conservadora, y fue la mujer que en 1954 logró que Colombia reconociera el derecho al voto femenino. Hasta ahí, tiene razón. El problema es lo que viene después de ese punto.

Josefina Valencia no actuó en el vacío ni desde una sola orilla política. La lucha por los derechos de las mujeres en Colombia tiene raíces que se remontan al menos a 1930, cuando Ofelia Uribe de Acosta y Georgina Fletcher llevaron al Congreso la primera petición formal por los derechos civiles y políticos de las mujeres. En 1932 lograron que las colombianas pudieran administrar sus propios bienes. En 1938, Uribe lanzó en Tunja el programa radial ‘La hora feminista’. En 1944 fundó la revista ‘Agitación femenina’. Durante casi tres décadas, mujeres de distintas orillas -sindicalistas, liberales, conservadoras, socialistas- fueron acumulando presión hasta que el Estado no tuvo más opción que ceder.

Cuando en 1954 Josefina Valencia y Esmeralda Arboleda cruzaron las puertas de la Asamblea Nacional Constituyente, cargaban con ese peso colectivo. Y el contexto ayudó: el papa Pío XII había respaldado coyunturalmente el voto femenino en Occidente tras la Segunda Guerra Mundial -no por convicción de igualdad, sino porque calculaba que en los países católicos las mujeres votarían por los partidos afines a la Iglesia para frenar el comunismo-, lo que en Colombia contribuyó a desbloquear una causa que llevaba décadas represada.

Lo que resulta difícil de ignorar es la tensión que eso genera con el discurso de su sobrina nieta. En la propia página web de campaña de Paloma Valencia, donde se reivindica el legado de las sufragistas, se describe a Ofelia Uribe como “feminista sufragista” y a María Currea como alguien que “simpatizó con el movimiento feminista sufragista.” Son las mismas mujeres que construyeron el piso sobre el que caminó Josefina Valencia. El mismo movimiento que Valencia candidata descarta en campaña por considerarlo una etiqueta de izquierda.

La contradicción no está en que Valencia sea conservadora ni en que tenga una agenda distinta. Está en que usa la polarización política como excusa para esquivar el reconocimiento de una lucha que no nació de un partido sino de décadas de mujeres que pelearon contra el mismo sistema que hoy le permite a ella estar donde está. Puede gobernar desde una visión conservadora del país: eso es legítimo en democracia. Lo que no encaja es invocar a Josefina Valencia como símbolo y al mismo tiempo tratar el feminismo como si fuera un invento ideológico ajeno a su linaje.

Mientras tanto, la agenda concreta que propone incluye un subsidio de capacitación para madres cabeza de hogar -que llamará ‘Mamá no está sola’- y la convicción de que el aborto no es ni será un derecho bajo su gobierno. Las organizaciones feministas colombianas leen eso de una manera precisa: no como una agenda para las mujeres, sino para las mujeres que no incomodan.

Paloma Valencia podría ser la primera presidenta de Colombia. Sería, en ese sentido, una hija directa de todo lo que el feminismo construyó durante décadas para que una mujer pudiera llegar hasta ahí. La ironía es que ella lo sabe. Y por eso, más que una postura filosófica, su rechazo al nombre suena a algo más calculado: la decisión de alguien que prefiere cobrar la herencia sin reconocer a quiénes se la dejaron. Eso no requiere que Paloma se llame feminista para entenderse.

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