¿Apatía o exclusión? Jóvenes y política

Durante años se ha repetido una idea cómoda para muchos: que a los jóvenes no les interesa la política. Se usa como explicación automática para la baja participación electoral, como si el problema fuera generacional y no estructural. Pero la pregunta real no es por qué los jóvenes no participan, sino por qué desconfían de un sistema que rara vez les ha dado razones para creer.


La juventud no es apática; es crítica. Crecimos viendo cómo el clientelismo reemplaza el mérito, cómo las decisiones se toman lejos de los territorios y cómo votar, muchas veces, no se traduce en cambios visibles en la vida cotidiana. Y cuando participar no transforma nada concreto, el desinterés no es apatía: es una respuesta lógica.


Sin embargo, cuando la política se acerca a la realidad, la respuesta juvenil aparece con fuerza. El caso de Manuel Alejandro Campiño en Mocoa, Putumayo, lo demuestra. Con apenas 18 años, no solo logró una curul al Concejo en 2023, sino que obtuvo la votación más alta de su municipio. No fue producto de maquinaria política ni de discursos tradicionales, sino de presencia real: gestión en las calles, cercanía con la comunidad y acciones concretas que la gente pudo ver y sentir. Mientras muchos políticos tradicionales duermen, jóvenes como Campiño recorren las calles en la madrugada, incluso a la 1 o 2 de la mañana, tapando huecos y resolviendo problemas que nunca nadie atendió. Esto deja en evidencia algo que el discurso tradicional evita reconocer: el problema no es la falta de interés, sino la falta de espacios reales de incidencia.


La institucionalidad colombiana ha convertido la participación juvenil en un ejercicio simbólico. Se nos invita a foros, mesas de diálogo y espacios consultivos, pero se nos excluye de las decisiones donde realmente se define el rumbo del país: el presupuesto, la planeación y la ejecución de políticas públicas. Participar sin poder decidir no es participación; es simulación.


Las cifras lo confirman. Según el DANE, los jóvenes entre 14 y 28 años representan cerca del 25% de la población colombiana: alrededor de 13 millones de personas. Aun así, su representación en cargos de elección popular sigue siendo marginal. No es una coincidencia, es el resultado de un sistema que mantiene barreras de entrada altas y protege dinámicas tradicionales de poder. Seguir afirmando que los jóvenes no participan es una excusa conveniente para no transformar esas estructuras. Es más fácil culpar a una generación que cuestionar un modelo político que ha sido incapaz de renovarse.


La democracia no puede seguir tratándose como una herencia que se activa al cumplir la mayoría de edad. Es un ejercicio que exige inclusión real, no promesas futuras. Porque la juventud no está desconectada de la política; Está desconectada de una política que nunca la incluyó. Y si el sistema no abre espacios reales de participación y decisión, no será la juventud la que se adapte a él, será el sistema el que quede atrás.

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