El candidato espejo

En política, las coincidencias existen. Los gestos se copian, las frases se reciclan y las campañas terminan pareciéndose entre sí. Pero hay momentos en los que la similitud deja de ser estrategia y empieza a verse como una construcción calculada de personaje. Eso es lo que hoy ocurre con Abelardo de la Espriella, el abogado penalista que quiere abrirse camino hacia la Presidencia y cuya imagen pública parece armada a partir de fragmentos de otros líderes de derecha convertidos en fenómeno mundial.

No se trata únicamente de una discusión estética. El asunto va más allá de la barba, el peinado o las puestas en escena. Lo llamativo es cómo cada elemento de su narrativa parece dialogar con figuras que ya demostraron capacidad de movilizar masas desde el descontento: Nayib Bukele, Javier Milei y Donald Trump.

En los últimos meses, De la Espriella ha insistido en una imagen de liderazgo fuerte, desafiante y disruptivo. En sus apariciones públicas mezcla un discurso antipolítica, referencias religiosas, ataques directos a la izquierda y una comunicación diseñada para redes sociales. Todo eso ocurre mientras construye una identidad que recuerda demasiado a modelos políticos ya probados en otros países.

La comparación con Javier Milei no surgió de la nada. El uso del símbolo del león, el tono confrontacional y la idea de presentarse como alguien que viene a destruir “la vieja política” inevitablemente conectan con el presidente argentino. Milei convirtió la rebeldía antisistema en una marca electoral rentable, y en Colombia De la Espriella parece haber entendido el potencial emocional de esa fórmula.

Tampoco pasan inadvertidos ciertos guiños a Bukele. La exaltación del orden, la narrativa del hombre fuerte que “sí se atreve” y la comunicación centrada en la autoridad recuerdan al mandatario salvadoreño. Incluso en lo visual hay referencias difíciles de ignorar: fotografías cuidadosamente producidas, mensajes breves pensados para viralizarse y una estética de líder moderno que mezcla solemnidad con espectáculo digital.

Y luego está Trump. No necesariamente el Trump empresario, sino el Trump personaje: el político que convirtió la provocación en combustible mediático. De la Espriella parece haber entendido que en la era de las redes no siempre gana quien presenta el programa más sólido, sino quien domina la conversación pública. El problema es que cuando la política se reduce al impacto emocional, las propuestas empiezan a quedar en segundo plano.

Ahí está el centro del debate. ¿Qué tanto hay de convicción propia y qué tanto de estrategia importada? Porque una campaña puede inspirarse en experiencias internacionales, pero otra cosa es construir una identidad basada en referencias ajenas. El riesgo de esa mimetización es terminar ofreciendo una versión adaptada de fenómenos externos, sin responder realmente a las particularidades colombianas.

Colombia no es Argentina, ni El Salvador, ni Estados Unidos. Tiene una historia distinta, unas instituciones diferentes y una crisis propia. El electorado colombiano puede sentirse atraído por discursos de mano dura o por figuras que prometen romper el sistema, pero también carga una memoria política marcada por la violencia, la polarización y el desencanto con los caudillos salvadores.

Por eso genera preguntas la insistencia en convertir la política en un espectáculo de símbolos. En días recientes, incluso surgieron comentarios en redes sobre la manera en que De la Espriella ha ido moldeando su imagen pública, señalando similitudes físicas y narrativas con esos líderes extranjeros. La discusión se instaló porque la estrategia es visible: el candidato no solo comunica ideas, también interpreta un papel.

Y ahí aparece un detalle importante. Una cosa es construir liderazgo; otra, fabricar un personaje. El liderazgo suele sostenerse en trayectoria, coherencia y capacidad de generar confianza. El personaje, en cambio, necesita impacto constante. Vive de la atención, de la controversia y de la necesidad permanente de alimentar una narrativa.

Eso no significa que De la Espriella no tenga derecho a participar en política ni que sus propuestas deban descalificarse automáticamente. En democracia, cualquier aspiración legítima merece ser debatida. Pero sí vale la pena preguntarse si Colombia está frente a un proyecto político auténtico o frente a una adaptación local de modelos internacionales que han demostrado enorme efectividad mediática.

Porque al final, más allá de los likes, las tendencias y las frases virales, una candidatura presidencial no debería medirse por qué tan bien imita a otros líderes, sino por qué tan claramente entiende el país que pretende gobernar.

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